En estos días en los que son comunes los films sobre bandas de rock, como son los casos de Bohemian Rhapsody (Queen), Rocketman (Elton John) o The Dirt (Mötley Crüe), la Filmoteca de Cataluña ha tenido a bien exhibir en la gran pantalla el film de 1998, Velvet Goldmine. Producida por el vocalista de R.E.M., Michael Stipe y dirigida por el británico Todd Haynes (I’m Not There, Carol) y que sería una suerte de biografía no autorizada sobre el periodo Glam de David Bowie.

El director mezcla realidad y ficción y aprovecha el anuncio de la muerte del alter ego de Bowie, Ziggy Stardust, para llevarlo más allá, cuando en la cinta, Brian Slade (Jonathan Rhys Meyers) finge su asesinato sobre el escenario, lo que le llevará a que sus fans le den la espalda cuando descubren que todo aquello fue una farsa.

Díez años después de aquel acontecimiento, el periodista Arthur Stuart (Christian Bale), que vivió el auge y caída del Glam, trata de descubrir que fue de Brian Slade. Para ello, tratará de ponerse en contacto con la ex-mujer del solista (Tony Colette) que será la Angie de Bowie y con Curt Wild (Ewan McGregor) representación de Iggy Pop con toques de Mick Jagger y Lou Reed.

El film, que contó con colaboraciones de músicos de los noventa para interpretar la banda sonora, entre los que destacan Thom Yorke de Radiohead o el ex-Suede Bernard Butler, así como dos temas creados especialmente para el filme por Shudder To Think, sirvió en su momento como muestra de lo que supuso el Glam en la década de los setenta y que había influenciado a bandas de los noventa como Suede, Pulp y Placebo (con cameo incluido de Brian Molko y Stefan Olsdal). Y todo con una interesante historia que, nos sitúa como inicio del Glam, el nacimiento del dramaturgo del siglo XIX, Oscar Wilde, cuyos aforismos se van recitando a lo largo de toda la cinta, a través de distintos personajes.

Más allá de la excelente banda sonora, que cuenta con canciones de Roxy Music, T. Rex, Lou Reed o The Stooges, en la película destaca el realismo de las escenas de los conciertos y un reparto que a día de hoy, valdría muchos millones de dólares. Quizá el menos popular de ellos era Jonathan Rhys Meyers, al que aún le faltaban unos añitos para ser el protagonista del film de Woody Allen, Match Point y que, por aquel entonces aún no había querido ser como Beckham. Escoltado por Ewan McGregor que había saltado a la popularidad con Trainspotting de Danny Boyle y que estaba a punto de asentarse en Hollywood y un Christian Bale, pintado como una pared y con un colorete que le acercaba más a Joker que al futuro Batman que acabaría interpretando.